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Cuando Khrushchev visitó Estados Unidos (4)

Tras recorrer la costa oeste de Estados Unidos, Khrushchev entraba en su segunda semana de viaje. El itinerario debía devolverle a Washington para entablar conversaciones con el presidente Eisenhower. Si embargo, todavía tenía alguna parada más prevista en el camino.

Khrushchev en el medio este

La siguiente parada de la visita de Khrushchev sería la ciudad de Des Moines, en el Estado de Iowa, una zona eminentemente rural. La primera visita en la ciudad sería una fábrica de salchichas. Khrushchev fue conducido por las diferentes salas del matadero y de la planta procesadora de carne. La visita culminaría con una cata de productos americanos fabricados allí mismo.

El director de la factoría cárnica había diseñado un recorrido en el cual se vería a Khrushchev comiendo sus salchichas. El comunista más famoso del mundo se convertiría en un personaje muy conocido de marketing capitalista americano.

La verdadera razón de la visita de Khrushchev a un Estado como Iowa era la de visitar la granja de Roswell Garst. El excéntrico productor de maíz y millonario Roswell Garst, a quien el Primer Ministro de la Unión Soviética llamaba cariñosamente, “mi mejor amigo americano”, era todo un personaje. Los dos habían congeniado cuatro años antes, cuando Garst, invitado a la Unión Soviética como experto en el cultivo de maíz, se encontró de manera inesperada al final de su visita en una reunión cara a cara con el señor Khrushchev.

Al concluir este insospechado encuentro, Garst vendió a Khrushchev 5.000 toneladas de semillas de su maíz híbrido. Y así, gracias a su amistad con el comunista más relevante del mundo, la riqueza del agricultor capitalista estadounidense pasó de 300.000 dólares a 7 millones en cuestión de pocos años.

El circo mediático

Sin embargo, el miércoles 23 de septiembre de 1959, incluso el inteligente señor Garst ignoraba lo que se le venía encima. Mucho antes de la llegada de Khrushchev la granja ya parecía un manicomio. Una abigarrada multitud compuesta por más de 300 periodistas agotados, pero al mismo tiempo sobreexcitados, corría frenéticamente de un lado a otro, como un puñado de niños que se ha saltado la hora de la siesta.

En toda la historia de Estados Unidos, nunca los medios habían seguido tanto a un personaje público. Se puede decir que aquel viaje dio comienzo a un fenómeno demasiado común en la actualidad, el del circo mediático ininterrumpido las 24 horas del día. Una historia candente cubierta informativamente, grabada en imágenes e inevitablemente distorsionada.

Khrushchev llega a los corazones de los americanos

Al cumplirse el décimo día de viaje, estaba muy claro que algo había cambiado en Estados Unidos. Menos de dos semanas antes, cuando Khrushchev viajaba en coche hacia Washington, la multitud había permanecido silenciosa, osca y temerosa. Ahora sonreía, aplaudía y se regocijaba.

Por supuesto en esos diez días, Khrushchev no había convertido a los estadounidenses al comunismo, pero los había conquistado con su encanto. Y podría decirse que, hasta cierto punto, incluso los liberó del miedo. Después de todo parecía un tipo con los pies en la tierra, que se reía, bromeaba, y a veces perdía los estribos.

En otras palabras: era como uno de ellos. Sin duda un tipo así no iba a iniciar un holocausto nuclear. Es cierto, seguía siendo el comunista más importante del mundo, pero nadie es perfecto, ¿no?

Y así, a pesar de todos sus defectos, digamos que los estadounidenses sentían cierta simpatía por aquel hombre mayor. Y el sentimiento parecía recíproco. Así, durante una visita a una fábrica de acero en Michigan, uno de los trabajadores le ofreció un puro. Khrushchev no fumaba pero se sintió conmovido. Se guardó el puro en el bolsillo, dio las gracias al trabajador y luego, inesperadamente se quitó el reloj y se lo entregó.

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El reloj de Nikita Khrushchev convirtió instantáneamente a aquel trabajador en una celebridad. Al día siguiente incluso llevó el reloj a un joyero para averiguar por cuánto dinero debía asegurarlo, pero el joyero le dijo que no se molestara. El gobernante de la nación más grande del mundo llevaba un reloj de 14 dólares.

De regreso a Washington para las negociaciones

El regreso de Khrushchev a Washington marcó el fin de su entretenido viaje por carretera. Lo siguiente en la agenda era trabajo. Las dos personas más poderosas del mundo, el Presidente Khrushchev y el Presidente Eisenhower, acudieron a Camp David para sentarse y negociar sobre los muchos temas candentes de la Guerra Fría.

Para entonces, estaba claro que la agenda de la Casa Blanca había fracasado. Khrushchev no había suavizado sus posiciones antes de las conversaciones, como se había planeado. De hecho, acudía a ellas más fortalecido que nunca.

Tres días más tarde, cuando Khrushchev y Eisenhower regresaron juntos de Camp David a Washington, estaba claro que las conversaciones no habían ido muy bien. Los dos líderes no habían llegado a ningún acuerdo sólido sobre ninguno de los temas tratados, que incluían entre otros muchos el punto caliente de la Guerra Fría: Berlín, el desarme y las relaciones comerciales.

Pero por qué. ¿Qué ocurrió en Camp David? Khrushchev, como experimentado político, sabía perfectamente que pensar que todos los problemas del mundo se resolverían en unos días era una quimera. Este tipo de asuntos requerían tiempo de maduración y negociación. Sin embargo sí que se pusieron los cimientos para unas mejores relaciones entre ambos países.

Las conversaciones no fueron una absoluta pérdida de tiempo. Los dos hombres, de edad avanzada, comieron, vieron películas, y dieron largos paseos juntos. Llegaron a conocerse un poco e incluso a sentir una cierta simpatía mutua. Al final de las conversaciones, Khrushchev invitó a Eisenhower a visitar la Unión Soviética en la primavera siguiente y el presidente aceptó al invitación.

Consecuencias del viaje

Los siete meses posteriores al regreso de Khrushchev de Estados Unidos fueron algunos de los más cálidos de la Guerra Fría. Los rusos recibieron una imagen positiva de los estadounidenses a través de los discursos de sus líderes y de la inesperada cobertura positiva del viaje por los medios de comunicación soviéticos.

Los estadounidenses trasladaron la imagen de un Khrushchev alegra y con los pies en la tierra. La maquinaria propagandística de ambos países de repente empezó a hablar de una nueva era de buenos sentimientos entre las dos superpotencias. Y en opinión de muchas personas, no sólo en la Unión Soviética y en los Estados Unidos, sino en todo el mundo, la Guerra Fría estaba llegando a su fin.