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Cuando Khrushchev visitó Estados Unidos (3)

Después de varios días recorriendo Estados Unidos, Khrushchev ya se había hecho una buena idea del país que era su mortal enemigo. Pero todavía le faltaba ver la vida real del país, con sus fábricas y su producción agrícola, el campo donde más podía rivalizar la Unión Soviética.

Estancia acalorada en Los Angeles

Después de la visita a Hollywood, con Disneylandia declarada zona prohibida, los anfitriones estadounidenses decidieron matar el tiempo pasear al dignatario ruso por la ciudad de Los Ángeles y sus suburbios. Y una vez más Khrushchev se encontró asándose de calor bajo el ardiente sol de California dentro de un Cadillac blindado a cal y canto y sin aire acondicionado.

Esta vez no sólo fue un viaje tremendamente caluroso, sino también insoportablemente aburrido. Pero nada dura para siempre. Después de casi tres horas dando vueltas sin sentido, Khrushchev llegó al hotel Ambassador para asistir a la cena oficial ofrecida por el alcalde de Los Ángeles.

La cena fue sobre ruedas, hasta que el alcalde tomó la palabra. En un tono ligeramente desafiante, el alcalde se refirió a la frase que Khrushchev pronunció en las Naciones Unidas unos años antes: “Os enterraremos”. La frase, escuchada en su contexto, quería decir que el Comunismo prevalecería sobre el Capitalismo como sistema en un mundo en competencia. Sin embargo los medios estadounidenses la habían sacado de contexto para azuzar el miedo al comunismo de la Unión Soviética.

Khrushchev no recibió bien la crítica, y sacando a relucir su dilatada experiencia como político, respondió al alcalde dejándolo en mal lugar, acusándole de desinformado. El discurso de Khrushchev terminó con una ominosa declaración: “saben qué, no me siento bienvenido aquí. Tardé unas doce horas en volar hasta su país y debería tardar unas diez horas en regresar. Pero recuerden: soy el primer líder soviético que visita Estados Unidos. Puedo irme, no hay ningún problema. Pero quién sabe cuándo, si alguna vez se produce, otro primer ministro soviético visitará su país”.

Los invitados, conmocionados, intentaban adivinar qué implicaban esas palabras. ¿El final de la visita de Khrushchev o el comienzo de la tercera guerra mundial? Khrushchev tuvo otro arrebato de cólera esas misma noche en la habitación del hotel. Arremetió a gritos contra el recibimiento que se le estaba dispensando y amenazó con abandonar Estados Unidos de inmediato.

Khrushchev se sale con la suya

La lista de quejas era bastante extensa. Criticó los interminables y aburridos desayunos, almuerzos y cenas oficiales, la imposibilidad de tener contacto con estadounidenses de carne y hueso, la cancelación de su visita a Disneylandia y por supuesto, el incidente con el alcalde de Los Angeles. Parecía tan enojado, que hasta sus ayudantes, habituados a su carácter, se asustaron.

Pero al final Khrushchev sonrió, puso un dedo en sus labios y señaló hacia el techo, donde pensaba que el FBI había instalado dispositivos de escucha. Al igual que los otros arrebatos que había tenido, también éste era una representación. Un simple farol con el que pretendía asustar a los estadounidenses para que le trataran mejor.

Y funcionó a las mil maravillas.

Cambio de planes

Después de los primeros días en suelo estadounidenses, la Casa Blanca había tomado nota de todo lo acontecido durante los días anteriores. Querían que Khrushchev fuese tratado con cortesía y esperaban que se sintiera a gusto, por lo que hubo cambio de planes.

El cambio de programa se hizo efectivo desde la mañana siguiente. El tren en el que viajaba desde Los Angeles hacia San Francisco recibió permiso para realizar breves paradas durante el trayecto, gracias a lo cual el presidente pudo conocer y saludar a ciudadanos de a pie estadounidenses.

Por primera vez desde el comienzo del viaje, Khrushchev entraba en contacto con la multitud y se mostraba encantado. Pero lo más sorprendente es que los estadounidenses que tenían por primera vez la oportunidad de pasar un rato con él, también estaban encantados.

Por supuesto para ellos seguía siendo un dictador comunista, pero ahora, gracias a la extensa cobertura de los medios de comunicación, se había convertido en una celebridad. La simpática, bromista, gruñona e impredecible estrella del primer show mediático ininterrumpido.

Para los estadounidenses el señor K empezaba a parecerse a un personaje familiar de los medios. El tío gruñón y cascarrabias con un secreto corazón de oro. Después de todo, el estadounidense medio podía entender que un hombre se molestase si algún burócrata de Washington le impidiera visitar Dineylandia.

De nuevo en el tren Khrushchev preguntó de repente a Lodge: “oiga, ¿se acuerda de ese alcalde suyo de Los Angeles? Creo que vuestro alcalde trató de tirarse un pedo, pero en vez de eso se cagó en sus propios pantalones.” Y Khrushchev soltó una risotada. De golpe el desagradable incidente de Los Angeles quedó completamente olvidado y durante el resto del día el presidente estuvo de un humor excelente.

La visita a San Francisco

A la mañana siguiente en San Francisco, una multitud de curiosos comenzó a congregarse desde las 5 de la tarde frente al hotel Mark Hpkins. Eran ciudadanos de todos los ámbitos de la sociedad. Pero tenían una cosa en común: estaban fascinados con Khrushchev. Durante el resto del día, la expectación iba en aumento y a última hora de la tarde, llegó casi al punto de ebullición.

Cuando Khrushchev y su séquito entraron en el supermercado Quality Foods, el interior ya estaba abarrotado con una marabunta de medios, curiosos y compradores habituales completamente desconcertados. La muchedumbre se abalanzó sobre el dictador convertido en celebridad para no perderse ni un instante de este acontecimiento histórico: un líder comunista en un supermercado capitalista.

Los fotógrafos y los cámaras estaba enloquecidos dándose codazos y encaramándose a los mostradores para obtener una buena imagen. Las amas de casa alzaban a sus hijos para que pudieran echar un vistazo al rey rojo. Las adolescentes se mostraban extasiadas. Una de ellas, después de darle la mano a Khrushchev chilló: “me ha tocado!” Y se desmayó

Khrushchev recorría la tienda y la histeria colectiva le seguía los pasos. Uno de los reporteros señaló: “fue como la hora feliz en una sala para maníacos depresivos”. La policía, incapaz de controlar a la multitud, decidió acortar el recorrido y condujo a Khrushchev al exterior. Después de todo, era el gran broche final que cabía esperar de la primera semana de Khrushchev en Estados Unidos.