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Cuando Khrushchev visitó Estados Unidos (1)

¿Cómo era la vida en Estados Unidos en los años 50? Para la mayoría, maravillosa. Fue una década próspera, con un crecimiento económico sin precedentes y con una tasa de desempleo en mínimos históricos. El boom de posguerra fue una época de valores familiares, conformismo, despertar religioso y consumismo.

En resumen, la vida era buena, simple y altamente materialista. Pero como sucede siempre, había una mosca en la sopa: el comunismo, que se cernía sobre la felicidad estadounidense como una sombra ominosa.

A finales de los años 50, para el americano medio, Nikita Khrushchev era el enemigo público número uno. No es que supiera mucho de él, pero lo que sabía era suficiente para tener una opinión al respecto. A sus ojos, Nikita Khrushchev era el gobernador del país más grande del mundo: la Unión Soviética comunista. Odiaba a Dios, a Estados Unidos y a los estadounidenses y se estaba preparando para una guerra nuclear contra ellos.

Para los americanos, el “señor K”, como los medios de comunicación solían llamarlo, era la encarnación del diablo. Y entonces sucedió lo impensable. El 3 de agosto de 1959 el presidente Eisenhower ante decenas de periodistas reunidos en la casa blanca leyó un comunicado donde anunciaba la invitación presidencial para que Khrushchev  visitara oficialmente los Estados Unidos.

Los preparativos del viaje

Mientras en Moscú Khrushchev subía a un avión rumbo a Estados Unidos, en la Casa Blanca se llevaban a cabo los últimos preparativos. Cada detalle, por pequeño que fuera, del itinerario diario del señor K se pensaba meticulosamente. El plan estadounidense era bastante sencillo. Primero, un viaje de diez días por el país, mostrando lo mejor que Estados unidos podía ofrecer.

La idea era muy simple, la grandeza, la riqueza y el poderío estadounidenses debían aturdir y abrumar al líder soviético. Así, al final del viaje, durante las conversaciones con el presidente Eisenhower en Camp David, se esperaba que un impresionado Khrushchev facilitara las negociaciones para que al menos algunas de las principales cuestiones de la Guerra Fría se resolvieran a favor de Estados Unidos.

Por otro lado, la agenda de Khrushchev para su inminente viaje era diametralmente opuesta a la estadounidense. No debía asombrarse bajo ningún concepto, ni mostrarse débil bajo ninguna circunstancia. Tenía que dar una buena impresión para mostrar la cara humana del comunismo, por así decirlo.

Así es como recordaba sus sensaciones durante el vuelo en sus memorias grabadas: Nuestras relaciones con Estados Unidos eran frías y tensas. Así que las dos semanas que tenía por delante suponían una prueba importante para mí. Porque en política, especialmente en diplomacia, el equilibrio adecuado lo es todo. Si hablas demasiado bajo tu enemigo dejará de respetarte. si hablas demasiado alto, puedes acabar acobardándote. Y éste no era un país cualquiera, era Estados Unidos, nuestro adversario más poderoso.

Khrushchev quería sacar beneficio de cada paso de su viaje. Un buen hecho era que por orden suya la delegación soviética estaba viajando en un avión enorme y ultramoderno, el Tu-114, el único avión de pasajeros del mundo capaz de viajar sin hacer escalas desde Moscú a Whasington. Los rusos sólo tenían uno operativo y era el orgullo y alegría de Khrushchev.

Tupolev Tu-114

Pero justo antes del despegue descubrieron grietas en el motor y se consideró inseguro. Los consejeros de Khrushchev le sugirieron que tomara otro avión e hiciera una escala. Khrushchev ignoró sus súplicas. Quería impresionar a los estadounidenses, aunque eso implicara arriesgar su vida y las de todo el personal de abordo.

Afortunadamente el avión llegó a Estados Unidos sano y salvo. Y cuando inició su descenso sobre Whasington, los cuatro principales participantes en la grandiosa gira de la Guerra Fría estaban listos: el líder de la Unión Soviética Nikita Khrushchev, el presidente estadounidense Eisenhower, el pueblo americano y los medios de comunicación de espíritu libre estadounidenses, que jugarían un papel inesperado en las siguientes dos semanas.

Khrushchev toma tierra

Los medios de comunicación se reían a costa de Khrushchev y lo pintaban menos aterrador de lo habitual para mitigar el miedo en el público americano. Mientras el líder de la Unión Soviética pisaba suelo norteamericano por primera vez.

Khrushchev recordaba: estábamos muy preocupados por el recibimiento que tendríamos. ¿Y si los estadounidenses nos discriminaban de alguna manera?¿Y si omitían a propósito una pequeña ceremonia que se suponía debía realizarse en honor de cualquier país extranjero? No nos consideraban seres humanos. A sus ojos eramos un país que no merecía ningún honor.Un país digno de orinar sobre él.

Durante los meses previos al viaje, Khrushchev prestó mucha atención a cada aspecto del itinerario propuesto, incluido cuántos cañones deberían saludarlo en la ceremonia de recibimiento. Y la atención de Khrushchev  al detalle y a la persistencia dio sus frutos: en el aeropuerto todo brillaba, relucía y resplandecía. Debo decir que se hizo con un gusto refinado, pompa y gran atención al detalle. En resumen, todo lo que se suponía que debía llevarse a cabo en una ceremonia oficial en honor a un jefe de Estado se hizo. Me sentí satisfecho.

Khrushchev entraba en Whasington sonriendo y saludando con la mano. Era la primera vez que veía a los estadounidenses. Había una multitud. Un cuarto de millón de personas a lo largo de los 25 kilómetros de recorrido. Pero en contraposición al líder soviético, ellos no jaleaban. No agitaban sus manos. Y más curioso aún, ni siquiera proferían insultos. Simplemente estaban allí, inmóviles y en absoluto silencio observando al hombre que pasaba frente a ellos en un Lincoln descapotable, pensando que aquel era el hombre que un día pulsaría un pequeño botón rojo y desataría un armagedón nuclear.

Ya en la casa blanca, lo primero que hizo Khrushchev fue entregar al presidente Eisenhower un regalo: una réplica en miniatura de la bola de hierro que la Unión Soviética había enviado a la Luna un día antes de que Khrushchev llegara a Whasington.

Aquel impresionante logro representaba un duro golpe para los estadounidenses. Sólo un día antes, habían vuelto a perder la carrera espacial. La unión Soviética marcó la Luna con aquel banderín esférico que tenía una elocuente inscripción: URSS. Septiembre de 1959.

Mientras mostraba a las cámaras la réplica del famoso banderín, Eisenhower estaba asombrado y consternado. Cómo podía el descarado y prepotente Khrushchev usar un truco publicitario durante sus primeras horas en Estados Unidos. Eisenhower ardía por dentro, pero se comportó como un verdadero político. Sonrió e incluso dio las gracias. El resultado del día fue sin duda uno a cero para Khrushchev. Al menos desde la perspectiva de los medios de comunicación, que analizarían el primer día de Khrushchev en USA con un marcado acento deportivo.